A los ojos

18 de marzo de 2004. El Real Zaragoza se presentaba en una nueva edición de la final de

18 de marzo de 2004. El Real Zaragoza se presentaba en una nueva edición de la final de la Copa del Rey de fútbol. Lo hacía en una temporada en la que había regresado a Primera División tras pasar un año en segunda categoría. Presentando un equipo donde destacaba la calidad de Savio, sorprendía la solidez de un novato Gabi Milito, ilusionaba la calidad de jóvenes como Villa o Cani, y se contaba con la veteranía de Movilla o Dani más la gente de casa como Lainez o el ya citado Cani. Todo ello no libraba al Zaragoza de estar inmerso en la pelea por la la permanencia -que alcanzaría casi finalizando la Liga-.

Enfrente el Real Madrid de «los Galácticos» de Carlos Queiroz. Figo, Ronaldo, Zidane, Beckham, Roberto Carlos y compañía formaban un elenco de estrellas como nunca antes se había conocido. Además un equipo que había engrasado mas fácilmente de lo previsto y llegaba a la cita copera dominando tanto en la liga española como en competición europea.

Ante semejante panorama resultaba tan complicado imaginar un escenario que no pasase por la victoria del Real Madrid que nadie hizo tan siquiera el esfuerzo de contemplarlo. Los mismos medios de comunicación no mostraban el mínimo reparo en anticipar la celebración «blanca», pero en cierto modo no hacían más que reflejar la opinión mayoritaria.

He aquí que el deporte tiene la virtud de no cumplir siempre con el guión establecido e incluso en escenarios a priori tan poco igualados -como era la final de Montjuic- te ofrece una cuota de grandes sorpresas. Y una de ellas se dio allí. Pero no se dio por casualidad. Se dio por el trabajo, motivación y solidez de un equipo que creyó en la victoria incluso cuando empezó perdiendo. Desde su fe en el colectivo luchó cada balón como si todavía estuviese jugando en Segunda. Se levantó, no bajó la mirada, peleó y acabó mandando a su rival a la lona con aquel maravilloso gol de Galletti.

Pero la plantilla no era la única en creer que era posible aquello que todo el mundo calificaba como imposible. También creo en ello miles de seguidores zaragocistas. Y no lo hacían con datos objetivos ni estrategias en la mano. Lo hacían desde lo irracional. Porque el deporte -como el amor- encuentra sus rincones más bellos en lo irracional.

Esa maravillosa pasión irracional que te pone el corazón a mil pulsaciones justo antes de empezar un encuentro importante. Esa que te hace gritar, saltar, reir, incluso llorar. Jorge Valdano dijo una vez que el «fútbol es lo más importante de todo aquello que no es importante». Una reflexión muy sugerente, que podríamos aplicar al deporte favorito de cada uno.

De hecho estas líneas de hoy han empezado hablando de Montjuic para acabar llegando a Las Palmas de Gran Canaria. Hoy -como en aquella noche de marzo- el rival es un todopoderoso Real Madrid y hoy como entonces nadie nos da una mínima posibilidad. Pero hoy hablamos de baloncesto y de los cuartos de final que enfrentan al CAI Zaragoza con el conjunto blanco. Un capítulo que a estas horas todavía está por escribir.

El CAI Zaragoza ha llegado aquí tras clasificarse en octava posición, pero si miramos la evolución del conjunto aragonés en perspectiva, ha llegado aquí tras muchos de trabajo y de aprendizaje. Aprendizaje que por ejemplo nos enseñó repetidamente en la liga LEB que aquello de ir «de ricos» no era lo nuestro. De hecho, el aragonés nunca ha sabido ir de rico porque no lo somos. El pueblo aragonés es terco, demasiado crítico consigo mismo y silencioso. Pero -sin disponer de los mejores recursos- sí contamos con un gran sentido de la honestidad, del sacrificio y de la valentía. Y eso precisamente es que lo que le pedimos a nuestros equipos. La identidad. Eso que en tantas ocasiones se echa en falta en el deporte profesional.

Sacrificio y valentía es lo que le pedimos hoy (siempre, pero hoy más que nunca) a nuestro equipo. Le pedimos que pelee cada balón como si fuese el primero, incluso si el marcador es desfavorable y, sobre todo, que no baje la mirada. Se puede ganar o perder, pero mirando al rival a los ojos desde el principio hasta al final. Esa es nuestra identidad.

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